UN LARGO VIAJE DESDE LA INDIA (2ª parte)
Llegada a Andalucía
Siguiendo su recorrido por la Península, en 1462 llegan los gitanos a la ciudad de Jaén, desde la costa levantina, más concretamente desde Castellón, donde también aparece otro “conde Martín del Pequeño Egipto” en 1460. Según los documentos “dos Condes de la Pequeña Egipto, con hasta cien personas, hombres, mujeres y niños, sus naturales y vasallos” son recibidos por el Condestable de Castilla, según cita J.M.Carriazo.
El Condestable Miguel Lucas de Iranzo, que estaba a cargo de la frontera de Andalucía, les dio toda clase de permisos y hasta acompañó a los gitanos hasta la frontera con el reino de Granada. Unos años más tarde, en 1467, también recibió en Andujar al conde Jacobo, y al conde Paulo con sus correspondientes cartas de presentación de los reyes de Francia y Castilla.
Siempre el mismo argumento, la peregrinación, y aduciendo el mismo origen, Egipto, cosa que como dice al respecto el estudioso granadino Vicente González Barberán, utilizando una palabra calé, “era un camelo total”. Al parecer en Grecia existe una región que se llamaba entonces “Egipto menor”, lo cual no quiere decir que viniesen de allí, pero sí que hubiesen utilizado ese nombre. Pero es que en la época medieval lo egipcio gozaba de gran predicamento. Se asociaba todo lo misterioso, secreto, dotado de poderes especiales. Es bien conocida la anécdota que refiere cómo se comercializaba una especie de “jarabe de momia” que se administraba a los enfermos como panacea curativa. Eran tiempos en que todo lo cabalístico, lo simbólico, gozaba de una especie de aureola, por lo que decir que alguien venía de Egipto ejercía una fascinación especial.
En la guerra de Granada
El objetivo inicial de los gitanos a su entrada en Andalucía era llegar a Granada, donde se empezaba a vivir ambiente de guerra. Como ya hemos dicho antes, el trabajo artesanal de los gitanos, como herreros, caldereros, esquiladores, cuidadores de caballos, etc., era de gran utilidad para los ejércitos en campaña, con lo cual llegaron a reunirse con motivo de la Guerra de Granada un buen número de gitanos, que se quedaron una vez terminada la Conta, puesto que se habían unido a las tropas castellanas realizando funciones que podríamos considerar de intendencia.
Comienza entonces un proceso largo de asimilación, con las dificultades que experimenta para ello un pueblo de características claras de nomadismo, predispuesto a cambiar y moverse de lugar de residencia.
Este movimiento continuo de los gitanos por el territorio motivó las famosas “pragmáticas” contra ellos, por parte de unas autoridades que empezaban a configurar el nuevo Estado moderno, centralista y legalista. Si bien es cierto que algunos pudieran haber abusado de sus privilegios como peregrinos, era en realidad el primer choque de dos modos de vida muy distintos, y los gitanos llevaban las de perder, como perteneciente a un mundo medieval que terminaba, en el que la variedad de razas y gentes había sido la tónica de una población que había abandonado la movilidad para formar la sociedad burguesa.
ANDALUCÍA, TIERRA DE ENCUENTROS
Hábiles artesanos y comerciantes
La imagen del pueblo andaluz, dentro y fuera de España, tiene asociada desde siempre la imagen de los gitanos. Personalidades universales de nuestra cultura destacaron esa relación y el Romancero Gitano de García Lorca, las obras de Manuel de Falla y tantos artistas y escritores, son otras tantas muestras de una sensibilidad para captar un hecho real y cierto.
Aquellos presuntos peregrinos que acompañaban a los “Condes del Pequeño Egipto” en el siglo XV y tan hábiles eran para determinados oficios, entran, pues, en Andalucía, donde llegan a disfrutar de gran aceptación y acogida, a pesar de las sucesivas pragmáticas que dictaban los reyes contra ellos, para intentar controlar su constante movilidad. La sociedad rural de los siglos siguientes les proporcionaba trabajo y reconocimiento social. Los gitanos eran hábiles caldereros, astutos comerciantes, trabajaban muy bien la forma, resultaban muy útiles como tratantes de ganado, como esquiladores, funciones que registraban una amplia demanda. El estudioso granadino Vicente González Barberán considera que el origen de muchos apellidos gitanos, como Heredia, Borja, Silva, etc., proviene de la protección que los nobles de la época ejercían sobre muchos grupos gitanos, dándoles sus apellidos. Algunas pragmáticas reales, por ejemplo, se refieren probablemente a este hecho, al insinuar que “entre el pueblo y los poderosos” se encontraban encubridores de los gitanos que les ayudaban y protegían. La justicia les perseguía por no cumplir con los requisitos que los referidos documentos establecían, con respecto a que no podían hablar en su lengua, ni ejercer la compra-venta en determinados lugares. También se les limitaba en estos documentos de los siglos XVI y XVII a ejercer oficios manuales y agrícolas.
El hecho de que la situación de los gitanos mejorarse en las disposiciones legales del siglo XVIII, fundamentalmente durante el reinado de Carlos III, viene a significar que sus ocupaciones y actividades habían encontrado un hueco de utilidad y aceptación en aquella sociedad. Pero esta situación no iba a durar mucho tiempo, puesto que los gremios y corporaciones laborales encontraban que la libertad de los gitanos para desempeñar los trabajos que quisieran constituía una amenaza de competencia para ellos, por lo cual volvieron las segregaciones y medidas coercitivas. Aquellos astutos tratantes y comerciantes en los mercados de pueblos y en las ferias eran vistos como una especie de amenaza para los intereses de los que querían controlar la vida económica y laboral.
El flamenco, la gran herencia
El pueblo gitano, como muchos otros de origen nómada y errante, ha demostrado a lo largo de su historia una gran capacidad para hacer suyas tradiciones y costumbres de diversos lugares, “agitanándolas”, si es posible semejante expresión. Muchos de los mitos o tópicos de la cultura gitana no han sido un invento de ellos, sino una apropiación por su parte, algo que han aprendido a hacer y acaban dándole su sello. Tal sucede por ejemplo con la relación gitano-torero. En su origen, toreaban sólo los llamados “señores”, terratenientes que disponían de caballos, hasta que andando el tiempo el toreo a pie se populariza. Los gitanos acuden a esta actividad que llegó a esta al alcance de los marginados y de las clases más humildes, contagiándole del “duende”, término tan característico de ellos, y hoy los toreros gitanos parecen poseer la quintaesencia de la inspiración, transmiten una especie de magia de la que carecen los otros toreros, payos o castellanos.
Esa facilidad para aprender ciertas artes es la que permitió que los gitanos pudiesen transmitir el “flamenco”, o “jondo”. Tomándolo de los moriscos, con los cuales convivieron muy estrechamente desde los primeros años de su llegada al reino de Granada.
Efectivamente, en ningún país del mundo los gitanos practican este arte, más que en Andalucía, donde la saga de los maestros consumados, tanto del cante como del baile, de raza gitana, es amplísima.
Realmente, el flamenco no debe considerarse como un arte menor, de los llamados populares. Los estudiosos de su origen lo consideran verdadera música culta antigua, empezando por el propio Manuel de Falla, que tanto se interesó por el tema. Se han encontrado paralelismos en lugares como Siria, y un cante tan gitano como el martinete se ha documentado en la península arábiga. Esta relación se debe sin duda a la convivencia de los gitanos con los moriscos en los barrios periféricos de la recién conquistada Granada, donde unos y otros practicaron una solidaridad propia de las clases marginadas y pobres. Cabe pensar que los moriscos, que siempre fueron tolerantes a lo largo de su historia, acogieron con benevolencia aun pueblo que ya empezaba a experimentar los efectos de las pragmáticas persecutorias. A tan buena relación debemos la herencia de un arte que es cada vez más apreciado y tomado en serio, que va saliendo de los oscuros reductos de la marginación y la explotación para alcanzar el prestigio de las genuinas aportaciones de la gran cultura, llegando a las universidades y las grandes salas de espectáculo. Una deuda para con este pueblo enigmático que es el gitano.
Autora: Mª Dolores Fernández-Fígares
